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D’Artagnan, héroe de mentira… y de verdad

Sí, el celebérrimo mosquetero D’Artagnan existió, pero no estuvo al servicio de Luis XIII, como cuenta Alexandre Dumas en Los Tres Mosqueteros, sino que combatió al lado de Luis XIV y de su terrible primer ministro Mazarino. En un momento en que Francia asentaba su poder en Europa, el valiente y leal guerrero fue hombre de confianza, combatió en numerosas batallas y murió en acto de servicio. Pero, ¿merecía realmente el personaje real tanta leyenda?

Charles de Batz-Castelmore, su verdadero nombre, nació en el castillo de Castelmore, cerca de Lupiac, al oeste de Toulouse, entre 1611 y 1615. Su familia, de origen plebeyo, fue adquiriendo con el tiempo propiedades y algún título de nobleza, siguiendo una práctica frecuente en la época. Y también resulta en gran medida característica del momento la trayectoria del futuro d’Artagnan.

Los mosqueteros, a caballo entre dos épocas

En Francia, durante la primera mitad del siglo XVII, a medio camino entre el desorden de las guerras de religión y la reorganización administrativa y militar del estado moderno, surgieron en diferentes rincones del país, combativos guerreros con sed de fama y gloria. De hecho, bajo el reino de Luis XIII muchos nobles rurales subían a París con la esperanza de servir al rey y convertirse en mosqueteros, un cuerpo creado por Enrique IV y consolidado en la época de Luis XIV y de su mentor el cardenal Mazarino, momento en que nuestro héroe entra en escena.

Todo por Mazarino

“Frente alta, mirada maliciosa, nariz aguileña, boca pequeña y bien dibujada, bigote en forma de coma que le da un aire risueño, abierto, simpático”, así describe el historiador J-C Petitfils a nuestro mosquetero, basándose en el único retrato que se conoce de él. Se desconoce cualquier dato biográfico hasta 1646, momento en que entró al servicio de Mazarino, el odiado primer ministro de Francia y verdadero amo del país.

Mazarino

Mazarino

Charles se convirtió rápidamente en hombre de confianza de su Eminencia, informándole de movimientos de tropas enemigas (españoles esencialmente) y llevando a cabo misiones secretas. Con toda certeza, el cardenal debió apreciar sobremanera la fidelidad de d’Artagnan durante La Fronde, un movimiento de sedición que opusieron varios nobles y parlamentarios al poder real y sobre todo a Mazarino. Durante este periodo tumultuoso, el valeroso emisario se encargó de llevar mensajes y directrices a los distintos gobernadores de las provincias, con vistas a apagar el fuego de la rebelión. La paz definitiva, tanto dentro como fuera de las fronteras, llegó en 1659, cuando Mazarino y el ministro español Luis de Haro firmaron el tratado de los Pirineos, poniendo fin a las hostilidades entre las dos potencias cristianas.

Entre tanto, el incipiente Rey Sol, deseoso de recuperar el boato de los prestigiosos combatientes, reconstituyó en 1657 la compañía real de mosqueteros, que ahora iban lujosamente vestidos con “casacas de paño azul, bordado de una trenza de plata que formaba en el pecho y la espalda dos cruces… parecidas a las de los caballeros de Malta”, contaba  maravillado el italiano Sebastián Locatelli en su Viaje a Francia.

En 1661, el cardenal moría y D’Artagnan pasó a servir al rey que le nombró subteniente de la primera compañía. De todas las misiones que llevó a cabo en su nuevo puesto, dos pusieron de relieve el carácter disciplinado, humano y valiente del famoso mosquetero: el arresto y custodia de Fouquet, y la toma de Maastricht, que le conducirá por cierto a la muerte.

Nicolas Fouquet

Nicolas Fouquet

D’Artagnan, el carcelero

En gran medida desorientado por las nuevas responsabilidades que debía asumir tras el fallecimiento de su tutor Mazarino, Luis XIV necesitaba deshacerse de competidores molestos y rodearse de hombres de máxima confianza. Así, en septiembre de 1661 decidió detener a Nicolas Fouquet, el poderoso ministro de Finanzas, capaz de bloquear las cuentas del reino y de hacerle sombra. En un documento entregado al fiel mosquetero, el monarca detallaba que “Su Majestad… ha ordenado y ordena al señor d’Artagnan, subteniente de la compañía de mosqueteros del rey a caballo, arrestar… al señor Fouquet”.

Cumplidas las órdenes, el prisionero fue llevado a la fortaleza de Angers, donde el gascón se encargó de “comprar algo de vajilla… y algunos muebles que les serán de gran utilidad”, según le relata a Colbert, al mando del Tesoro. Con esta misión, el mosquetero se ganó el aplauso definitivo de muchos cortesanos y en particular de madame Sevigné que compararía años más tarde un oficial a “un pequeño d’Artagnan, que es fiel al rey y humano con todos aquellos que debe custodiar”.

Ciertamente, no todo son rosas y en otros momentos se mostró más arrogante y autoritario, como cuando fue nombrado gobernador provisional de la ciudad de Lille en 1672 y se quejó reiteradamente ante Saint-Germain (sede de la Corte) del incumplimiento de órdenes suyas por parte de quienes considera sus subordinados, entre ellos, el gran ingeniero Vauban. Su carácter excesivo en los asuntos humanos significaba por otro lado arrojo en el campo de batalla, lo cual, puede llevar a desenlaces a veces fatales.

La lucha final

En la primavera de 1673, Luis XIV y la mayor parte de las tropas, que comenzaban a hacer temblar Europa, rodearon Maastricht, ciudad estratégica, en mano de los holandeses. Para la ocasión, “todo reposaba sobre el señor d’Artagnan”, contaba el conde Quarré d’Aligny en sus Memorias, “nuestro comandante tan conocido y estimado por todos”. Los franceses ganaron terreno, pero una contraofensiva holandesa les tomó por sorpresa.

D’Artagnan, aunque consideraba la operación arriesgada, se lanzó exponiéndose al fuego enemigo. El resultado fue desastroso: más de cien muertos, centenares de heridos y la víctima más sentida, que “murió de una bala en la cabeza”, según relataba Lord Alington, presente en la batalla. Así, el fiel gascón murió, pero solo para renacer en la ficción bajo la pluma del célebre Dumas.

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