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De camino al monasterio… (o al Prado)

 « Dios solo hizo el agua, pero el hombre ha hecho el vino »,  Victor Hugo

Si quieres saber más acerca del vino de misa y saber por qué lo hemos escogido, apúntate a Museo & Cata el JUEVES 10 de marzo. Haremos una visita guiada al Prado y probaremos a continuación vinos relacionados con la pintura, por ejemplo, un vino de Eucaristía. Reserva rápido, plazas limitadas.

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PERO, a la espera de la fecha daremos un paseo por las abadías para descubrir las claves principales de este producto esencial en el desarrollo de la viticultura y el comercio.

Tras las destrucciones acarreadas por las invasiones bárbaras, desde el siglo VI al siglo IX, las abadías florecieron en medio de algunos viñedos salvados. Los monjes, pacientes, escrupulosos, metódicos, resultaron ser increíbles viticultores y bodegueros. Los clérigos poseían una visión a largo plazo. Las oraciones, los cantos, los hábitos, el trabajo son elementos más allá del tiempo; pertenecen a Dios y el monasterio es la materialización de un instante de eternidad, la casa de Dios. Elaborar vino es una manera de difundir el mensaje evangélico.

Los primeros centros monásticos, reunión de hombres solos (del griego “mono”, solo), en el Egipto del siglo IV cultivaban la vid, como se había hecho en ese mismo lugar desde hacía miles de años. En el caos que siguió la destrucción del imperio romano de Occidente, los monjes europeos gestionaban el grano y el vino de sus pequeñas autarquías. Lograron mantener pese a todo una seguridad suficiente en sus dominios para poder cultivar la tierra.

La necesidad de esconder las provisiones fue un fruto del azar que dio lugar al nacimiento de las bodegas. En los subterráneos los monjes almacenaron los toneles, por ejemplo. Se trató de una revolución, pues a partir de ese momento, la historia del vino dio un vuelco. Más allá de las chanzas sobre la “buena vida” de los monjes, el historiador británico Desmond Seward declara: “La contribución de los monjes a la viticultura y a la destilación del aguardiente han sido una de las grandes contribuciones a la civilización occidental” (en Les Moines et le vin, Pygmalion, París 1979).

En toda Europa las órdenes se encargaron de llevar a cabo esta tarea. Benedictinos a lo largo del Rin, cistercienses en el este de Francia, en el Sur y también en Austria, Hungría, Suiza, Italia o España. Calvino y Enrique VIII pondrán fin a estas prácticas, con motivo de sus reformas en Suiza e Inglaterra, respectivamente.

En el apogeo de la Edad Media los viñedos monásticos estaban presentes en todo lugar en el que se oficiaba. El vino era utilizado para la misa y para la buena salud de los monjes. Como escribía San Benito en su Regla: “Mejor tomar un poco de vino por necesidad, que mucha agua con avidez”; así, cada monje tenía derecho a una dosis diaria:

“Cada cual tiene de Dios un don particular, uno de una manera y otro de otra: sin embargo, considerando la flaqueza de los débiles, creemos que basta a cada cual una hemina (algo más que un cuarto litro) de vino al día“. A los abstemios los halagaba diciéndoles que “sepan que tendrán especial galardón”. Los cistercienses, gente organizada, cumplían horarios de oración y trabajo; la tarea en el viñedo ocupaba entre tres y seis horas por día.

San Benito

San Benito

En términos generales, los monjes medievales predicaban. Gracias al trabajo que llevaban a cabo generaban empleo. A la vez, ofrecían beneficios a la comunidad: ayuda social y médica o escuelas, por ejemplo.

Los monasterios femeninos no quedaron atrás en su contribución a la enología. En Francia, las monjas de Rémirémont, de la región de Lorena, poseían una de las mayores fortunas de la época en tierra, siendo propietarias de los mejores viñedos de Alsacia. Las pequeñas abadías mandaban a las hermanas a cultivar la vid, mientras otras empleaban a personal remunerado.

El vino más famoso del mundo y el más imitado es el Champagne. Antes de convertirse en la bebida burbujeante que conocemos era un vino tranquilo, el vino de Aÿ. Este vino se empleaba para la misa o era servido en los monasterios o castillos de la región. Fue el que probó el rey de Bohemia en 1397 en su encuentro con el rey de Francia en Reims. Francisco I lo dio a conocer al soberano inglés Enrique VIII. Carlos V e incluso al papa León X alababan este vino también. Fue la bebida preferida de Luis XIV. En esa misma época el vino de Aÿ se transformó en vino blanco y espumoso, gracias al buen hacer de un monje, en la abadía de Hautvillers. Pierre Pérignon, que así se llamaba el monje benedictino, encargado de la bodega, descubrió cómo hacer vino blanco a partir de variedades tintas y, sobre todo, dio con el método de la doble fermentación en botella. Las lías se depositaban en el cuello de la botella y tras el degüelle, se procedía a la adición de “licor de expedición”, un sirope más o menos dulce.

El champagne conoció entonces un éxito impresionante. El duque de Orléans, regente de Francia, lo consumía en sus tumultuosas veladas y Mme. Pompadour declaraba que el champagne era el único vino que una mujer podía beber sin afearse. Dom Pérignon murió en 1715 y fue enterrado entre las viñas. Su tumba y la iglesia de Hautvillers son todo lo que queda de la abadía, destruida durante la Revolución de 1789. La casa Moët et Chandon compró las tierras y la propiedad de Hautvilliers en 1794; bautizaron con el nombre de Dom Pérignon su producto estrella.

Retrato Madame de Pompadour

Retrato Madame de Pompadour

¿Y qué pasó en España? De vuelta a los silenciosos monasterios, la historia de los vinos del norte de la Península debe también mucho al trabajo de los monjes.

El cultivo de la vid se remonta en España a los fenicios, 1 000 años a.C. Más adelante, los romanos cultivaban el viñedo para abastecer de vino a las legiones. Pero fueron sin lugar a duda las órdenes monásticas las que propagaron la cultura del vino, sobre todo en la meseta ibérica.

En la Baja Edad Media, hacia el siglo X, y de la mano del clero, es cuando se empieza a extender el vino de la Ribera del Duero. En el siglo XII, los monjes originarios de la abadía francesa de Cluny elaboraban vino en Valbuena del Duero. El rey de Navarra, por su parte, cedió viñedos al Monasterio de San Millán de la Cogolla. Las órdenes religiosas se multiplican y con ellas creció la cultura del vino por todo el territorio. El auge se debía en gran medida al Camino de Santiago en la zona del Duero. Los monasterios ofrecían vino a los peregrinos y fueron probablemente ellos quienes contribuyeron a promover el nombre de Rioja y otras zonas vinícolas. Al calor de las peregrinaciones, surgieron núcleos urbanos, que a su vez, provocaban una mayor demanda de productos, entre ellos el vino. Así, se incrementó la producción del fruto de la vid, se intensificó el comercio local a todo el Reino de Castilla.

Monasterio de San Millán de Yuso

Monasterio de San Millán de Yuso

Dada la importancia del vino de misa en el desarrollo religioso y comercial de tantos países, hemos escogido este producto singular para nuestra Cata especial. Si quieres probarlo y saber cómo lo relacionamos con la pintura, apúntate a Museo & Cata, EL JUEVES 10 de MARZO. Haremos una visita guiada al Prado y probaremos a continuación vinos relacionados con la pintura, por ejemplo, un vino de misa, un burdeos y un Fino. Recuerda: reserva rápido, ¡las plazas vuelan!

Este texto se ha redactado en gran medida gracias a la ayuda de “Histoire naturelle et morale de la nourriture”, de Maguelonne Toussaint-Samat, Ed. Bordas, París, 1987 – p. 213 y siguientes.

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