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Los Conquistadores, la cruz y el vino

Y llegaron los Conquistadores con su cruz. Y ya se sabe, donde hay misa, hay vino. Así, el viñedo chileno se desarrolló muy pronto, en 1547. Una tierra fértil y variada permitió una óptima implantación de la Vitis vinifera.

Sin embargo, no fue hasta mediados del siglo XIX que la práctica mejoró logrando vinos de calidad. Por aquel entonces –en época de bonanza– la burguesía adinerada mostró interés por las viñas. Muchos viajaron a Francia, referencia del buen hacer, para inspirarse e imitar las mejores prácticas, que después pusieron en marcha de vuelta a su país. También llevaron allende el océano variedades europeas, en particular la Cabernet Sauvignon, donde en las laderas de las montañas, con temperaturas máximas diurnas y mínimas nocturnas pudo prosperar.

Felizmente, las nuevas variedades del Viejo Continente fueron plantadas pocas décadas antes que la filoxera –ese parásito maldito que ataca las raíces– arrasara los viñedos europeos. Menos mal porque, como ya sabemos, el remedio para curar las viñas vino del Nuevo Mundo, con pies de viñas no afectados por la plaga. Los viñedos del Viejo Mundo se salvaron gracias a los injertos venidos de las Américas.

Así, pues, el viñedo chileno, ajeno a la enfermedad, puso continuar su desarrollo. El nuevo salto hacia la modernización surgió un siglo más tarde con la llegada a Chile del bodeguero explorador Miguel Torres a comienzos de la década de 1980. Fue el primero en instalar tanques de acero inoxidable y barriles de roble francés para transformar los procesos de producción. Su ejemplo fue seguido por los viticultores chilenos.

Sabremos más acerca del viñedo chileno y su Cabernet Sauvignon gracias a Ana Lahiguera, enóloga y sumiller que nos deleitará con sus explicaciones en la Cata de Libros y Vinos, el viernes 16 de junio, 34 €. Pero, ¿qué es una cata de libros y vinos? Descúbrelo aquí… y apúntate, las plazas son MUY limitadas.