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No, Epicuro no es el filósofo del placer…

… O si, pero de un placer muy especial. Ya lo advertía, con toda claridad, el propio pensador (341 a. C. – Atenas, 270 a. C.) en la Carta a Meneceo: “Cuando decimos que el placer es el objetivo de la vida, no hablamos de los placeres voluptuosos y perturbadores, por ejemplo, el amor… como escriben personas que desconocen nuestra doctrina o que la combaten malinterpretándola”. El sabio del Jardín afirma que el placer del que habla es aquel que consiste “para el cuerpo en no sufrir, y para el alma, evitar las perturbaciones” (hay que tener en cuenta que Epicuro padeció toda su vida enfermedades dolorosas y murió de cálculos tras catorce días de agonía).

Es menester vivir con poco, porque así, “si la abundancia nos falta, sabremos conformarnos de lo poco que tendremos”. La costumbre deuna alimentación sencilla y no ya copiosaes suficiente para estar en plena salud, “permite al hombre dedicarse con toda libertad a los deberes necesarios de la vida” y nos ayuda a “disfrutar más de las comidas copiosas cuando las hacemos tras los intervalos de vida frugal”. No se trata, pues, de ascetismo, sino de moderación y prudencia. Los placeres de Epicuro son fruto de la razón, pero son placeres, con la carga de sensualidad que conlleva.

fotoRESEÑA EPICURO-portada libro

De modo que si hubiese que reunir la filosofía de este sabio de Samos en una sola fórmula, sería su poderoso “tetrapharmakos”. Este cuádruple remedio consiste en primer lugar en no temer a los dioses; como segundo punto perderle el miedo a la muerte que “no es nada para nosotros, pues cuando yo estoy, ella no está y cuando ella viene, yo ya no estoy”. Añade, además, en el tercer y cuarto punto, que podemos superar el dolor y alcanzar la felicidad, elemento esencial dado que “cuando la poseemos, somos dichosos y cuando no la tenemos, hacemos de todo para alcanzarla”.

Para vivir la experiencia al completo, habría que adentrarse en su Jardín, un espacio que abrió a las afueras de Atenas. El Jardín de Epicuro era un terreno vallado, que si bien parecía poco abierto al exterior, sin embargo, acogía a alumnos de ambos sexos y también a esclavos. En su interior se practicaba la sencillez y, como dice Diocles, citado por Diógenes Laercio hablando del maestro, “un vaso de vino le bastaba, y preferentemente, bebía agua”. Todo un reto.

Nos vemos allí. Hasta pronto, hasta siempre.

Seguro que este, en cambio, no es el Jardín soñado por el filósofo: centro de detención en Samos.

https://www.youtube.com/watch?v=VrOznAFkUHw

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