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¿Quién no se ha emocionado con…?

Que levante la mano quien no se ha emocionado con unos versos de Pablo Neruda. Sus poemas más conocidos son probablemente los recogidos en “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. Un poemario escrito cuando el autor contaba con apenas veinte años.

Neruda o Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, su verdadero nombre, nació en Parral, Chile, en 1904. Poeta, su puesto de cónsul le llevo a parajes tan lejanos como Birmania, Ceilán, Java, Singapur y, entre 1934 y 1938, en España. Aquí se relacionó con Federico García Lorca, Vicente Aleixandre y otros poetas de la Generación del 27.

De vuelta a su país natal ingresó en el Partido Comunista, un hecho que le acarreó problemas con las autoridades. Exiliado en Argentina y posteriormente en México, más tarde viajó por los países soviéticos, desde China, la URSS y los países del Este. En la vertiente literaria, su prestigio creciente le llevó a recibir el Premio Nobel de Literatura en 1971. Por aquel entonces, era embajador en París. En 1973 regresó a Chile, gravemente enfermo. El mismo año se produce el golpe militar que derroca a Salvador Allende, lo cual le afectó profundamente. Murió el 23 de septiembre de ese mismo año. En su obra póstuma “Confieso que he vivido”, relata, en muchos casos con ironía, una vida llena de aventura y sorpresas.

Su militancia y sensibilidad social se trasluce en sus versos, en los que el trabajo del hombre, el amor por las cosas sencillas se hace patente. Con un estilo despojado y directo, escribe entre 1954 y 1957 las “Odas elementales”; en particular La “Oda a la cebolla” es buena muestra de que este sencillo vegetal nos puede también hacer llorar.

Oda a la cebolla

Cebolla,
luminosa redoma,
pétalo a pétalo
se formó tu hermosura,
escamas de cristal te acrecentaron
y en el secreto de la tierra oscura
se redondeó tu vientre de rocío.
Bajo la tierra
fue el milagro
y cuando apareció
tu torpe tallo verde,
y nacieron
tus hojas como espadas en el huerto,
la tierra acumuló su poderío
mostrando tu desnuda transparencia,
y como en Afrodita el mar remoto
duplicó la magnolia
levantando sus senos,
la tierra
así te hizo,
cebolla,
clara como un planeta,
y destinada
a relucir,
constelación constante,
redonda rosa de agua,
sobre
la mesa
de las pobres gentes.

Generosa
deshaces
tu globo de frescura
en la consumación
ferviente de la olla,
y el jirón de cristal
al calor encendido del aceite
se transforma en rizada pluma de oro.

También recordaré cómo fecunda
tu influencia el amor de la ensalada,
y parece que el cielo contribuye
dándole fina forma de granizo
a celebrar tu claridad picada
sobre los hemisferios del tomate.
Pero al alcance
de las manos del pueblo,
regada con aceite,
espolvoreada
con un poco de sal,
matas el hambre
del jornalero en el duro camino.
Estrella de los pobres,
hada madrina
envuelta
en delicado
papel, sales del suelo,
eterna, intacta, pura
como semilla de astro,
y al cortarte
el cuchillo en la cocina
sube la única lágrima
sin pena.
Nos hiciste llorar sin afligirnos.
Yo cuanto existe celebré, cebolla,
pero para mí eres
más hermosa que un ave
de plumas cegadoras,
eres para mis ojos
globo celeste, copa de platino,
baile inmóvil
de anémona nevada
y vive la fragancia de la tierra
en tu naturaleza cristalina.