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Tres Estados y una bomba

En el Antiguo Régimen, la sociedad francesa estaba dividida en 3 Estados, tres clases netamente diferenciadas: Nobles, Clero y Tercer Estado. En realidad, era una bomba de relojería que estalló en 1789, con la Revolución Francesa.

En aquella época, Francia contaba con 28 millones de habitantes, el país más poblado después de Rusia. En esta sociedad pre-industrial (al contrario de Inglaterra, por ejemplo) el 85% de la población estaba formada por pequeños agricultores que practicaban esencialmente una cultura de subsistencia. El mercado, lugar para el intercambio de bienes, era por lo tanto muy restringido. En los hogares, todos los miembros llevaban a cabo alguna tarea relacionada con el campo, desde los niños hasta los mayores.  La gente del campo, junto con los artesanos o los comerciantes de las ciudades y puertos, formaba el Tercer Estado, dominado por el Clero y la Nobleza.

Apertura de los Estados generales, mayo 1789

Apertura de los Estados generales, mayo 1789

En la ciudad y en el campo, los castillos pertenecientes a nobles y las iglesias formaban un conjunto arquitectónico imponente, reflejo del poder que las clases privilegiadas ejercían. Un poder que no se correspondía, sin embargo, con el número de personas pertenecientes a cada clase. Así, el país contaba con cerca de 140 000 hombres de Iglesia, es decir, un 0,5% de la población, propietaria de un 8% de las tierras. Pero incluso dentro de esta clase había grandes diferencias entre el alto y bajo clero. Al primero pertenecían obispos y arzobispos, por ejemplo, muchos de los cuales provenían de la nobleza. Sus rentas podían alcanzar las 400 000 libras al año. El bajo clero reagrupaba los curas, con unos ingresos que rondaban las 300 libras anuales.

Si el alto clero mantenía claras conexiones con la nobleza y monarquía, los curas llevaban a cabo tareas más cercanas al pueblo, por ejemplo, en el terreno de la educación. Por aquel entonces, en el campo, la escuela era un centro activo sobre todo en invierno, cuando las tareas agrícolas no abundaban.

Por otro lado,  la nobleza estaba compuesta –al igual que el Clero– por un 0,5 % de la población (sobre 28 millones). De nuevo, hay que distinguir dos categorías principales: la nobleza de espada y la de capa. La primera se remontaba al siglo XII y era heredera de los caballeros medievales. Con el pasar de los siglos, y sobre todo en el siglo XVIII, se abrió camino la nobleza de capa, formada esencialmente por burgueses que adquirían o se veían otorgados títulos de nobleza para recompensar su lealtad o sus servicios a la Corona. En definitiva, Francia era un país importante donde, con sus manos y sus menos, cada una de las tres clases ocupaba funciones, tareas y obligaciones bien definidas. ¿Qué pasó entonces para que todo este castillo se viniera abajo en 1789?

Como ocurre en todo cambio de gran envergadura, las razones son múltiples, algunas fueron puntuales (varias malas cosechas seguidas, con la consiguiente subida del precio del pan) y otras de mayor recorrido (por ejemplo, evolución en el campo y surgimiento de una burguesía comercial). Sin embargo, un factor afectó al país en su totalidad: las arcas del Tesoro estaban vacías. En efecto, Francia, por una cuestión de prestigio y por temor a perder sus colonias, había participado en América en la Guerra de los Siete años (1756-1763), que oponía el país vecino y Gran Bretaña. Pese a las medidas financieras tomadas tras el conflicto, las Finanzas se hallaban en su límite más bajo. Ante esta situación de emergencia Luis XVI decidió en mayo de 1789 convocar los Etats-Géneraux (Estados Generales), una gran asamblea que reunía a los tres Estados. El último congreso extraordinario se había convocado 175 años antes. En un primer momento, el monarca mandó que las reuniones se hiciesen por separado.

La toma de la Bastilla

La toma de la Bastilla

Sin embargo, los representantes del Tercer Estado, más numeroso, se opusieron. En junio de 1789, el ejército se preparaba para expulsar a los diputados “rebeldes”, pero estos se vieron  apoyados por el pueblo. La tensión fue subiendo, alimentada por un descontento general y el 14 de julio se produjo la toma de la Bastilla, una prisión ubicada en la capital. Por otro lado, llegaban noticias de la Grande Peur (Gran miedo), quema de castillos y levantamientos campesinos contra sus señores. En un intento de calmar la situación, el rey permitió que la Asamblea Nacional promulgara la Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano. Según uno de los puntos principales de este texto Luis XVI dejaba de ser soberano por la gracia de Dios para convertirse en un monarca parlamentario.

No obstante, este cambio considerable no fue suficiente. Sería solo el comienzo de un movimiento que llevó al rey a la guillotina, a una reforma administrativa de todo el país, a un conflicto entre Francia y las potencias vecinas y a una guerra civil en su interior. Una época convulsa que culminará con el ascenso de Napoleón en 1799. Pero esa es otra historia.

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He redactado este texto a partir del curso on-line “The French Revolution”, impartido por el catedrático Peter McPhee a través de la plataforma Coursera.

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